En las siguien­tes líneas, me pro­pon­go decan­tar algu­nas ideas en torno a una pre­gun­ta poco sim­pá­ti­ca y mucho menos intere­san­te, pero que se orien­ta hacia una tarea que nues­tra tri­bu adeu­da. Nuestro gru­po -diga­mos, el de aque­llos que nos ocu­pa­mos de los asun­tos de la for­ma y su con­fi­gu­ra­ción- debe­rá algún día res­pon­der­la si lo que que­re­mos es cono­cer nues­tro mun­do dis­ci­pli­nar y cono­cer­nos a noso­tros mis­mos. Vale decir, si que­re­mos par­ti­ci­par de una nue­va y acre­cen­ta­da auto­con­cien­cia de tri­bu o mejor, de dis­ci­pli­na exper­ta.

¿Será ver­dad que el aná­li­sis cien­tí­fi­co está con­de­na­do a des­truir lo que cons­ti­tu­ye ínti­ma­men­te la espe­ci­fi­ci­dad mis­ma del logro o con­se­cu­ción for­mal?.
¿Será ver­dad –como sue­len decir algu­nos dise­ña­do­res- que el aná­li­sis cien­tí­fi­co está con­de­na­do a des­truir lo que cons­ti­tu­ye la espe­ci­fi­ci­dad de una boni­ta, bue­na o intere­san­te for­ma, comen­zan­do por des­truir toda suer­te de moti­va­ción poé­ti­ca?.
En fun­ción de lo que se escu­cha habi­tual­men­te, sabe­mos que en el cam­po del dise­ño se prohí­be aún a la socio­lo­gía o a los enfo­ques socio­se­mióti­cos todo con­tac­to pro­fa­na­dor con la for­ma o el aspec­to puro de los mejo­res obje­tos.
Al res­pec­to, solo me pre­gun­ta­ré (y con esto tan sólo refor­mu­lo la pre­gun­ta ini­cial, la que, por otra par­te es un mero reme­do de la socio­lo­gía en boga): ¿por­qué a tan­tos dise­ña­do­res, mor­fó­lo­gos, pro­fe­so­res, crí­ti­cos o con­su­mi­do­res les com­pla­ce tan­to sos­te­ner que la expe­rien­cia de la for­ma es poco menos que inefa­ble y que esca­pa al cono­ci­mien­to racio­nal empí­ri­co?.
¿Porqué tan­ta pri­sa en afir­mar –de este modo, sin pelea y con rego­deo- la derro­ta del saber en el terreno del «por­qué una for­ma y no otra»?.
¿Por qué tan­to empe­ño por no escu­char o por des­acre­di­tar a quie­nes tra­tan de hacer pro­gre­sar el cono­ci­mien­to de la for­ma que agra­da y entu­sias­ma si no es por­que el pro­pó­si­to cien­tí­fi­co mis­mo repre­sen­ta una ame­na­za fatal para la habi­tual pero dis­tin­gui­da pre­ten­sión de creer­se a sí mis­mo suje­to capaz de vivir expe­rien­cias inefa­bles de una con­fi­gu­ra­ción inex­pli­ca­ble?.
¿Por qué tan­ta fuer­za al arre­me­ter con­tra el aná­li­sis si no es por­que afec­ta a la jerar­quía de los crea­do­res y a la de quie­nes pre­ten­den iden­ti­fi­car­se con ellos a tra­vés de una espe­cie de goce o dis­fru­te crea­ti­vo?

Mis pala­bras recuer­dan a Pierre Bourdieu, más espe­cí­fi­ca­men­te: al Bourdieu de Las reglas del arte (Le regles de l’art, 1992). Allí, en el Preámbulo, el soció­lo­go se pre­gun­ta: ¿Porqué a tan­tos filó­so­fos les com­pla­ce sos­te­ner que la expe­rien­cia de la obra de arte es inefa­ble?. En cier­tos nive­les lo que pue­de decir­se sobre el fun­cio­na­mien­to del cam­po social que hace posi­ble dicha expe­rien­cia (la artís­ti­ca) es equi­pa­ra­ble con el de otros cam­pos de pro­duc­ción cul­tu­ral, por ejem­plo la lite­ra­tu­ra, inclu­si­ve la cien­cia. Lo que inten­to hacer aho­ra es apro­ve­char ese mis­mo pun­to de mira, pos­tu­lan­do su pro­me­te­do­ra uti­li­dad para un futu­ro auto­co­no­ci­mien­to de las dis­ci­pli­nas pro­yec­tua­les. Una posi­ción que per­mi­ti­ría poner en cla­ro algu­nas de las exi­gen­cias que debe­ría­mos tener para con una cien­cia de la for­ma o para con un estu­dio de las cau­sas socia­les de su trans­for­ma­ción en el tiem­po. Me pro­pon­go comen­tar y –has­ta- para­fra­sear ese momen­to del pen­sa­mien­to de Bourdieu con el mero fin de pro­yec­tar algo de luz sobre los meca­nis­mos de apa­ri­ción y cir­cu­la­ción de las for­mas en una socie­dad como la nues­tra.

El tipo de pre­gun­tas o enfo­que que pro­pon­go ya ha sido for­mu­la­do en nume­ro­sas opor­tu­ni­da­des, sien­do cada vez, rele­ga­do rápi­da­men­te al olvi­do. Ha sido tra­ba­ja­do por Karl Marx en algún momen­to, por Marcel Mauss, Thorstein Veblen, y últi­ma­men­te, ya en refe­ren­cia a las for­mas pro­du­ci­das por el dise­ño, por Jean Baudrillard (1972).

Un doble pro­ce­so de dife­ren­cia­ción ha lle­va­do al naci­mien­to, duran­te el siglo XX, de un dise­ño espe­cial­men­te des­ti­na­do al mer­ca­do; y de otro que, como reac­ción al pri­me­ro, más bien se con­si­de­ra des­ti­na­do al puro uso. Motivo por el cual, el cam­po de la pro­duc­ción dise­ñil (Selle) se orga­ni­za más o menos en su esta­do actual según un prin­ci­pio de for­ma­ción que no es otro que la dis­tan­cia gra­dua­da res­pec­to del mer­ca­do o, al menos, de sus aspec­tos más repro­cha­bles. Las estra­te­gias de los dise­ña­do­res de obje­tos, tam­bién de for­mas y esti­los, se repar­ten entre dos lími­tes que, de hecho, no se alcan­zan jamás: por una par­te, (i) la ren­di­ción cíni­ca ante la deman­da (a lo que mani­fies­ta­men­te podría ser el gus­to y la pre­fe­ren­cia de otro); por la otra, (ii) la inde­pen­den­cia abso­lu­ta res­pec­to de las exi­gen­cias del mer­ca­do.

Estos dos sub-cam­pos son la sede de la coexis­ten­cia anta­gó­ni­ca (y muchas veces no con­cien­te) de dos modos de pro­duc­ción, cir­cu­la­ción, dis­fru­te o inter­pre­ta­ción de la for­ma que obe­de­cen a lógi­cas opues­tas.

1) En un polo, la lógi­ca eco­nó­mi­ca que con­vier­te la crea­ción de la for­ma en un comer­cio como los demás; otor­gan­do prio­ri­dad a la difu­sión y al éxi­to inme­dia­to, con ajus­te a las expec­ta­ti­vas de la deman­da.
2) En el otro polo, la eco­no­mía «no-eco­nó­mi­ca» (o anti-eco­nó­mi­ca) de la for­ma pura o de la trans­for­ma­ción nove­do­sa que se fun­da en el reco­no­ci­mien­to obli­ga­do y dis­tin­ti­vo de los valo­res del desin­te­rés, y tam­bién en el recha­zo del bene­fi­cio a cor­to pla­zo, don­de pri­ma la pro­duc­ción y sus exi­gen­cias espe­cí­fi­cas, fru­to de una refe­ren­cia e his­to­ria autó­no­mas. Por otra par­te, dicha pro­duc­ción decla­ra no poder reco­no­cer prin­ci­pal­men­te sino la deman­da que es capaz de pro­du­cir ella mis­ma a lar­go pla­zo, y orien­ta­da hacia la acu­mu­la­ción de dis­tin­ción y capi­tal sim­bó­li­co en cuan­to capi­tal eco­nó­mi­co nega­do.

En medio (de estas lógi­cas opues­tas que deter­mi­nan extre­mos que nos se alcan­zan jamás), el dise­ño que acu­mu­la algu­nos bene­fi­cios corrien­tes recha­za –al menos- los modos más vul­ga­res del mer­can­ti­lis­mo y disi­mu­la sus fines intere­sa­dos con el fin de no ceder capi­tal sim­bó­li­co (inclu­si­ve el cíni­co recu­pe­ra cier­to capi­tal sim­bó­li­co al trans­pa­ren­tar inú­til­men­te su inte­rés, con una fran­que­za des­ti­na­da a ser juz­ga­da como poco con­ve­nien­te y por lo tan­to, dife­ren­cia­do­ra).

La crea­ción, opción y con­su­mo de for­mas, como la de cual­quier otro bien no res­pon­de a una eco­no­mía indi­vi­dual de las nece­si­da­des sino que es una fun­ción social de pres­ti­gio y dis­tri­bu­ción jerár­qui­ca. No depen­de ante todo de una nece­si­dad vital, sino de una coac­ción cul­tu­ral. En suma –sos­ten­dría Baudrillard- la for­ma es una ins­ti­tu­ción. “Es pre­ci­so que unos bie­nes y unos obje­tos sean pro­du­ci­dos e inter­cam­bia­dos (a veces en for­ma de dila­pi­da­ción vio­len­ta) para que una jerar­quía social se mani­fies­te” (“Función signo y lógi­ca de cla­ses”, Communications, 13, 1969 ó 1972, 1., p.5).

En el momen­to mis­mo en que se cons­ti­tu­ye el mer­ca­do de las for­mas dise­ña­das (diga­mos, a comien­zos del siglo XX), se da a los crea­do­res de la for­ma (aho­ra lla­ma­dos dise­ña­do­res) la posi­bi­li­dad de afir­mar y mos­trar en sus prác­ti­cas y en la repre­sen­ta­ción que de ellas se tie­ne, la irre­duc­ti­bi­li­dad de la for­ma (al menos por com­ple­to, y en esto con­sis­te el dise­ño) al sta­tus de la mer­can­cía.
La asce­sis de este uni­ver­so o mun­do de la for­ma dise­ña­da es una suer­te de con­di­ción de sal­va­ción en un más allá. El prin­ci­pio mis­mo de «dis­tin­ción a tra­vés de la for­ma» (que dise­ña­mos, que con­su­mi­mos o que asen­ti­mos) quie­re que los esfuer­zos no sean corres­pon­di­dos si no son rea­li­za­dos, en algún gra­do, a fon­do per­di­do. Es decir, a la mane­ra de una con­ce­sión, un rega­lo o un don que no pue­de ase­gu­rar­se reco­no­ci­mien­to si no es encu­brien­do el bene­fi­cio pro­me­ti­do a las inver­sio­nes más desin­te­re­sa­das.
Uno de los mayo­res expo­nen­tes o sig­nos de pres­ti­gio, ade­más del desin­te­rés y la dila­pi­da­ción, es la ocio­si­dad. El mun­do de las for­mas no esca­pa a esta regla: será siem­pre en aque­llo que estas for­mas tie­nen de inú­ti­les, en lo que esti­los ente­ros o for­mas par­ti­cu­la­res adquie­ren su sig­ni­fi­ca­do de pres­ti­gio; don­de desig­nan no ya el orden o las posi­bi­li­da­des del mun­do, sino la cate­go­ría social de su posee­dor.

A dife­ren­cia del sis­te­ma de la gran pro­duc­ción corrien­te e indi­fe­ren­cia­da (por fue­ra del dise­ño), que res­pon­de a la nece­si­dad direc­ta de con­quis­tar un mer­ca­do tan vas­to como sea posi­ble, exis­te un cam­po de pro­duc­ción res­trin­gi­da que tien­de a pro­du­cir él mis­mo sus nor­mas de pro­duc­ción y cri­te­rios de eva­lua­ción de sus pro­duc­tos. Un cam­po que obe­de­ce prin­ci­pal­men­te a la ley de con­cu­rren­cia por el reco­no­ci­mien­to otor­ga­do por el gru­po de pares, que son a la vez, clien­tes y con­cu­rren­tes pri­vi­le­gia­dos.
Mientras la recep­ción de las for­mas corrien­tes (comer­cia­les, habi­tua­les, etc.) es más o menos inde­pen­dien­te del nivel de ins­truc­ción de sus recep­to­res, la for­ma (bue­na) -aun­que se diga ideo­ló­gi­ca­men­te lo con­tra­rio- solo es acce­si­ble a con­su­mi­do­res dota­dos de la dis­po­si­ción y la com­pe­ten­cia nece­sa­rias para su (dis­tin­gui­da) valo­ra­ción. De lo cual se des­pren­de que los pro­duc­to­res para pro­duc­to­res depen­den en gran medi­da, de la ins­ti­tu­ción esco­lar, con­tra la cual, por otra par­te no cesan de suble­var­se.
Como en otros cam­pos, tam­bién en el de la for­ma, la acu­mu­la­ción legí­ti­ma, tan­to para el crea­dor como para el pró­ji­mo, con­sis­te en hacer­se un nom­bre y en lo posi­ble un esti­lo cono­ci­do y reco­no­ci­do (inclu­si­ve en cuan­to a las for­mas que se con­su­men o gus­tan). Capital que impli­ca un poder de con­sa­grar obje­tos, de otor­gar un valor y de sacar los bene­fi­cios corres­pon­dien­tes, si los hubie­ra.
El comer­cio de la for­ma, una suer­te de pro­duc­to de los que no hay comer­cio (sino solo dis­fru­te) impli­ca un desafío a otras diver­sas espe­cies de mero eco­no­mis­mo. El reto con­sis­te en que la crea­ción legí­ti­ma de la for­ma solo pue­de lle­var­se a cabo a cos­ta de una repre­sión cons­tan­te y colec­ti­va del inte­rés pura­men­te eco­nó­mi­co y de la auten­ti­ci­dad de la prác­ti­ca («el curro») que el más sim­ple aná­li­sis eco­nó­mi­co pon­dría de mani­fies­to.

La pro­po­si­ción de la for­ma legí­ti­ma y exi­to­sa per­te­ne­ce enton­ces, a la cla­se de prác­ti­cas que no pue­den hacer­lo sino hacien­do como si no lo hicie­ran.
En ese cos­mos eco­nó­mi­co (par­ti­cu­lar de la for­ma) defi­ni­do por una suer­te de recha­zo de lo comer­cial como prin­ci­pio de selec­ción y com­bi­na­ción, el que es –de hecho- una dene­ga­ción colec­ti­va de intere­ses y bene­fi­cios corrien­tes, las con­duc­tas (los gui­ños) más anti­eco­nó­mi­cos, las más visi­ble­men­te desin­te­re­sa­das, encie­rran una for­ma de racio­na­li­dad eco­nó­mi­ca y no exclu­yen de nin­gu­na mane­ra a sus crea­do­res y acla­ma­do­res de los bene­fi­cios pro­me­ti­dos, aún eco­nó­mi­cos.
Esta dene­ga­ción no es ni una nega­ción ver­da­de­ra del inte­rés eco­nó­mi­co que siem­pre está pre­sen­te (aún en las prác­ti­cas más desin­te­re­sa­das) pero tam­po­co una sim­ple disi­mu­la­ción de los aspec­tos mer­can­ti­les de la prác­ti­ca.
El valor de una for­ma y el tipo de creen­cia en la que dicho valor se fun­da, se engen­dran ambos en las luchas ince­san­tes para fun­dar el valor de tal o cual for­ma par­ti­cu­lar. No sola­men­te lucha entre agen­tes cuyos intere­ses están liga­dos a pro­duc­tos cul­tu­ra­les dife­ren­tes, sino tam­bién lucha entre agen­tes que ocu­pan posi­cio­nes dife­ren­tes en la pro­duc­ción de for­mas de un mis­mo esti­lo o espe­cie.

El prin­ci­pio de efi­ca­cia de los actos de con­sa­gra­ción de tales o cua­les carac­te­rís­ti­cas mor­fo­ló­gi­cas (toma­das por ade­cua­das, inclu­si­ve por bue­nas) resi­de en el pro­pio cam­po de dispu­tas y nada resul­ta­ría más inú­til que bus­car algo así como el ori­gen de un poder crea­dor inefa­ble fue­ra del sis­te­ma de rela­cio­nes obje­ti­vas que cons­ti­tu­yen este espa­cio de jue­go, fue­ra de las luchas que en él se pro­du­cen, fue­ra de la for­ma espe­cí­fi­ca de creen­cia que en él se engen­dra.

El dise­ña­dor grá­fi­co que, igno­ran­do los fun­da­men­tos his­tó­ri­cos o fisio­ló­gi­cos de la tipo­gra­fía, con­fi­gu­ra un pro­duc­to cuyo éxi­to en el mer­ca­do (sim­bó­li­co exper­to) no tie­ne pro­por­ción con el esfuer­zo dise­ñil de su pro­duc­ción (aquel que des­ba­ra­ta con éxi­to pero sin esfuer­zo ni razón algu­na la tra­di­ción tipo­grá­fi­ca), está colec­ti­va­men­te comi­sio­na­do para pro­po­ner su fuen­te o edi­tar su revis­ta como acto mági­co que no sería más que un ges­to insen­sa­to y banal sin el uni­ver­so de cele­bran­tes y cre­yen­tes que están dis­pues­tos –en fun­ción de la obten­ción de algún bene­fi­cio- a dotar­lo de valor y sen­ti­do. Es ver­da­de­ro y fal­so a la vez, decir que el éxi­to social y tal vez comer­cial de la «mala tipo­gra­fía» no está en rela­ción a su esfuer­zo de pro­duc­ción: ver­da­de­ro si se tie­ne sola­men­te en cuen­ta la igno­ran­cia y el des­ajus­te del cual el crea­dor es el úni­co res­pon­sa­ble. Falso, si se entien­de la crea­ción de letras como resul­ta­do de un inmen­so empren­di­mien­to de alqui­mia social en la cual con­tri­bu­yen –tal vez con con­ven­ci­mien­to pare­jo pero con bene­fi­cios desigua­les- el con­jun­to de agen­tes impli­ca­dos en el cam­po de pro­duc­ción, es decir, los dise­ña­do­res, los edi­to­res, los pro­fe­so­res, y los lec­to­res, de revis­tas y pági­nas on-line. Se hace nece­sa­rio reco­no­cer que pro­duc­cio­nes como Emigre o Beach Culture, por más «mal» dise­ña­das que estén y por poco esfuer­zo que parez­can con­su­mir, no cons­ti­tu­yen una excep­ción a la ley de con­ser­va­ción de la ener­gía social.

El crea­dor de la for­ma (dise­ñil gene­ral) no es el suje­to que efec­ti­va­men­te la pro­du­ce sino el cam­po colec­ti­vo de pro­duc­ción como uni­ver­so de creen­cia en el que tie­ne lugar la inven­ción del valor de cier­tas for­mas y no otras. Hablamos del gru­po que pro­du­ce –como feti­che- la creen­cia en el poder crea­dor del dise­ña­dor.

Partiendo de que la for­ma solo exis­te como reali­dad sim­bó­li­ca pro­vis­ta de valor si está social­men­te reco­no­ci­da por espec­ta­do­res dota­dos de la dis­po­si­ción y com­pe­ten­cia nece­sa­rias para reco­no­cer­la como «bue­na for­ma» o «for­ma de cier­to inte­rés»; un tipo de cien­cia de la for­ma debe­ría tener por obje­to no solo la pro­duc­ción mate­rial o sen­si­ble de la for­ma sino –ade­más- la pro­duc­ción del valor o inte­rés mis­mo de la for­ma, es decir: debe­ría tener por obje­to el fenó­meno de la pro­duc­ción de la creen­cia en el valor o ade­cua­ción de unas for­mas deter­mi­na­das.

Una cien­cia de la for­ma ten­dría en cuen­ta no solo los crea­do­res per­so­na­les sino el con­jun­to de agen­tes e ins­ti­tu­cio­nes que par­ti­ci­pan en la pro­duc­ción del valor gene­ral de la for­ma, de los cri­te­rios de la for­ma correc­ta, y tam­bién, del valor dis­tin­ti­vo o dife­ren­cia­dor de tal o cual for­ma. Hablamos de enten­di­dos, edi­to­res, jura­dos, his­to­ria­do­res, mor­fó­lo­gos, fun­cio­na­rios, o tam­bién de ponen­tes en reunio­nes cien­tí­fi­cas espe­cia­li­za­das, sin olvi­dar los miem­bros de las ins­ti­tu­cio­nes que con­cu­rren a la pro­duc­ción de pro­duc­to­res y a la pro­duc­ción de con­su­mi­do­res aptos para reco­no­cer la legi­ti­mi­dad de tal o cual for­ma, empe­zan­do por los pro­fe­so­res y los padres (de buen gus­to), res­pon­sa­bles del entre­na­mien­to ini­cial de toda dis­tin­ción y –como deci­mos- de todo gus­to.
Solo se pue­de fun­dar una ver­da­de­ra cien­cia de la for­ma de los pro­duc­tos del dise­ño a con­di­ción de libe­rar­se de todo enga­ño; a con­di­ción de sus­pen­der la com­pli­ci­dad y la con­ni­ven­cia que vin­cu­la a todo hom­bre cul­to con el jue­go cul­tu­ral para cons­ti­tuir ese jue­go –en lo que toca a la for­ma sen­si­ble- en obje­to.

Importaría lle­gar a des­cri­bir la emer­gen­cia pro­gre­si­va del con­jun­to de los meca­nis­mos socia­les que hacen posi­ble el per­so­na­je del crea­dor de for­mas. Describir la cons­ti­tu­ción de un cam­po de ten­sio­nes, com­pe­ten­cia y con­flic­tos como lugar en el que se pro­du­ce y repro­du­ce sin cesar la creen­cia en cier­to tipo de cri­te­rios o esti­los de la for­ma legí­ti­ma, ade­cua­da o pura, es decir, la creen­cia en el poder que per­te­ne­ce al suje­to crea­dor y a su pró­ji­mo capaz de hacer un con­su­mo crea­ti­vo y arries­ga­do de cada for­ma nue­va. Una cien­cia de este tipo, debe­ría incluir en su mode­lo el tipo de acción de los pro­duc­to­res mis­mos (en pri­mer y segun­do gra­do); debe­ría estu­diar su reivin­di­ca­ción del dere­cho de ser los úni­cos jue­ces de la bon­dad de la for­ma, de pro­du­cir ellos mis­mos los cri­te­rios de per­cep­ción y valo­ra­ción de los pro­duc­tos for­ma­dos. Debería incluir los por­me­no­res de las luchas y com­pe­ten­cias en las cua­les se enfren­tan todos los que algún nego­cio tie­nen res­pec­to de la for­ma, y en las cua­les se ponen en jue­go la defi­ni­ción y el sen­ti­do del valor de la for­ma pura, y por lo tan­to tam­bién se pone en jue­go la deli­mi­ta­ción del mun­do mor­fo­ló­gi­co legí­ti­mo de los autén­ti­cos crea­do­res, los que cola­bo­ran, a tra­vés de tales luchas en la pro­duc­ción mis­ma de estos valo­res.

Referencias biblio­grá­fi­cas:
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SELLE GERT (1973) Ideologie und Utopie des Design. Zur gesells­chaftli­chen Theorie der indus­trie­llen Formgebund (Köln: DuMont). Traducción cas­te­lla­na de Eduardo Subirats, Ideología y uto­pía del dise­ño, con­tri­bu­ción a la teo­ría del dise­ño indus­trial (Barcelona: G.Gilli, 1975)